Brilla, mar del Edén

“Brilla, mar del Edén” es el título de una novela de Andrés Ibáñez. ¿Seguro que corresponde a una novela? ¿No será un poema sinfónico ejecutado por una orquesta superdotada? Sus personajes (¿personajes?, ¿no podríamos asegurar que están vivos, que sienten, que intentan creer, y que algunos -la actriz Nicolette Sheridan, el escritor Roberto Bolaño, el compositor romántico Anton Bruckner- han venido a vivir una vida nueva en estas páginas?), sus personajes, decía, viajan en un avión que, mientras sobrevuela la Polinesia, sufre un accidente (¿seguro que es un accidente?), y se ven forzados a establecerse en una isla (¿una isla?) de donde saben que no los rescatarán; cada uno acarrea un equipaje de vivencias y creencias (¿es posible vivir, creer en algo?) y, algunos, un motivo secreto para quedarse allí, para no desear una salvación. Esta obra no es una novela de misterio: es el misterio mismo. Tampoco (aunque el autor, modestamente, la catalogue como tal) es una “novela de aventuras”, sino una aventura en sí, la aventura que supone nacer, relacionarnos con el medio, otorgarle un sentido a lo que hacemos, conformar una identidad. Qué más da que se desarrolle en una isla virgen o que se inspire en la serie “Perdidos”: más que desarrollarse, nos desarrolla; más que inspirarse, resulta inspiradora. No resultará difícil sobrevivir en sus páginas, porque su ubérrima naturaleza ofrece incontables frutos para el pensamiento.

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Cine, gastronomía, música… Navidad así: sí.