Ezequiel, by Adolfo Gilaberte

No nos engañes Gilaberte, este no es el primer plato. Ezequiel no es tu primer personaje, ni el segundo, ni el tercero. Lo tenías guardado en un cajón, entre decenas de hojas escritas. No te atrevías a sacarlo, a mostrarnos sus excentricidades, lo perdíamos y te sentías culpable. Así que valoraste mostrarnos escenas de su vida, como salpicones en un mantel mal lavado. Unos más cercanos, otros más lejanos, porque los miedos y los traumas son eso, fotos movidas estampadas en papel. Ezequiel es el relato polifónico de un hombre que ha aprendido a vivir sin la palabra. Ella, Ana, es la que le mantiene ahí, al filo de la navaja, pero marchó para siempre. Obsesivo, inseguro, en perpetua duda entre la realidad y la fantasía. Su infancia ha sido traumática, la relación con los padres nula. Ana es el antibiótico, el rescate redentor, el amor que actúa como boya en el mar. Es la actualidad la que Ezequiel nos pone encima de la mesa, el resultado de esos capítulos existenciales. La muerte de ella es la evidencia de la profunda herida emocional que le ha colocado frente a la nada, el vacío, y el deseo de la ausencia. Siempre acarreamos los recuerdos de todo aquello que no pudo ser, aquellas viejas heridas que no terminan de cicatrizar.

Al final, el sosiego de elegir la soledad como el lugar confortable para los repudiados, mientras la confusión generada entre la tensión y el humor, conforman un suavizante idóneo para el transcurrir de la obra. Mi cabeza está en paz y mi casa en silencio. Un trago de agua, me ahogo.

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Viernes

Una experiencia teatral que rompe la cuarta pared.