Cerveza de Collserola, cerveza romántica

Cuando Enric Fabre no era más que un jovencito de 22 años, decidió dejar Sant Cugat del Vallés para irse a vivir a la montaña, al Parque Collserola de Barcelona. Desde el primer día en su nueva casa, miraba desde la ventana el viejo molino de viento abandonado. Estrecho y largo, estaba en ruinas pero resistía en pie después de casi un siglo de vida.

—Una pena que esté allí sin ningún uso— pensaba siempre Enric.

Por eso en 2011, con 33, e inspirado por la iniciativa de su hermano Joan que empezaba a hacer cerveza en casa, les dijo a sus amigos: “¿Y si hacemos una cerveza artesanal en el molino?”. Así fue como Enric Fabre, Anton Sabariego, Joan Fabre, Miquel Quirós, Pepe de la Pezuela y Martí Cortijos se embarcaron en la aventura de Senglaris.

Lo primero que hicieron fue remodelar el molino: lo dividieron en tres pisos, para situar en cada uno de ellos los diferentes procesos de elaboración de la cerveza. Partieron del agua en el piso superior; maceración y ebullición en el del medio; para finalizar el fermentado en la planta baja. Se basaron en un estilo clásico y lo menos sofisticado posible, usando la gravedad en todo el proceso, para no necesitar bombeos.

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El molino de viento de Collserola, originario de los años 20

“En realidad son unas instalaciones muy poco prácticas y repletas de incomodidades por el hecho de estar en la cima de una montaña, pero el romanticismo de hacer las cosas de este modo y en este entorno genera una energía, una ilusión, que te hace comprender en seguida que las inversiones económicas no lo son todo”, explica Enric.

De aquella época recuerda Enric el trabajo intenso, la investigación y alguna que otra lluvia de cerveza en el interior del molino. “Efecto cascada”, le llama él, y es cuando queda algún grifo abierto y desde arriba empieza a caer agua o mosto como una catarata. Como maná del cielo.

“Antes de Senglaris, cada uno se dedicaba a oficios distintos”, continúa Enric. “Yo era fotógrafo, y de hecho lo continuo siendo, otro cocinero, técnico de iluminación, informático, delineante… La cerveza artesana la vivíamos desde fuera. Ahora el objetivo es aprender más y más para que siempre podamos ofrecer a los clientes una mejor cerveza. Ésta es quizá la principal diferencia con el sector de la cerveza industrial. Unos buscan el beneficio exponencial y otros la calidad del producto y que guste entre la gente por encima de todo”.

En 2014, la micro cervecería de Collserola se quedó pequeña, así que desde Senglaris decidieron reproducir sus recetas artesanales desde el obrador de la cerveza Whym en Cassà de la Selva. “Pero el molino de viento sigue siendo un lugar mágico donde reunirse y pasárselo bien, haciendo cerveza y compartiendo con los amigos”, dice Enric.

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El nombre de la cerveza, “Senglaris”, procede del catalán “senglar”, jabalí. Este animal es muy común en el Parque de Collserola

 

—En estos años, ¿qué habéis aprendido?

—Yo he aprendido a gestionar un producto en un mercado en el que han surgido centenares de proyectos en los últimos años que en el fondo son similares al nuestro. Hay mucha gente que ha sentido inquietudes parecidas. ¡Hacer cerveza de calidad y venderla no es nada original hoy en día! (risas) En nuestro caso hemos formado una pequeña marca diseñada para el mercado de proximidad, que fomenta la economía local, autosuficiente, convencida de estar haciendo un producto sano y estimulante para el cliente.

Ahora, Senglaris produce unos 8 mil litros de cerveza al año, en sus tres modalidades: La Blat (cerveza de trigo poco amarga y fácil de beber, de 4,8 grados); la Pale Ale (variedad conocida coloquialmente como “la rubia”. Ésta es un poco más sofisticada, pero está diseñada para todos los públicos; es más amarga, lupulada y más aromática. A nivel coloquial, se conoce como “la cerveza rubia”. Tiene 5,6 grados); y la Morena de la Serra (cerveza negra, amarga e intensa, 8 grados). Ahora también trabajan en una nueva receta.

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Enric Fabre, cofundador y responsable de Senglaris

— ¿Cuál es vuestra preferida?

—Nuestras preferencias siempre serán las cervezas sinceras, que no oculten nada bajo un mar de lúpulo. Por eso tendrá que ser compensada y deberían distinguirse todos sus ingredientes para que apetezca tomarte otra sin dudarlo. Nosotros creemos que la Pale Ale tiene que ser la base donde se estructure nuestro proyecto. Para nosotros es la esencia de cualquier otra cerveza.

—¿Qué es lo que diferencia vuestro producto?

—Nuestra cerveza no se diferencia en estilo a muchas de las que hay en el mercado aunque alguien pueda decir que una es mejor que la otra. El abanico de posibilidades es tan grande que el consumidor puede encontrar su propio estilo para luego dejarse sorprender y experimentar sabores y olores nuevos para él. Estamos todos aprendiendo al mismo tiempo de esta cultura que se había perdido y que ha renacido para enriquecer nuestra cultura gastronómica. Parecía que éste era solo un país de vino y en cambio tenemos campos enormes de cereales y plantaciones de lúpulo… solo para la industria cervecera que monopoliza mercados y estandariza sabores y costumbres. Por suerte se está recuperando poco a poco, a nivel local o con empresas más grandes que también están haciendo un gran trabajo.

 

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