Ese muro

Ese muro invisible que se ha erguido entre tú y yo nos mantiene en un abrazo sostenido en el tiempo que no se acaba de completar. Un aliento sin nombre nos separa, pero cada día que salgo a las 20h a aplaudir te siento más cerca. Las distancias se han hecho eternas, imposible recorrerlas con ese halo mortal que nos separa. Desde mi ventana veo mundos y tiempos por venir. También sueños que se desvanecían van recorriendo las nubes con letras que forman la palabra esperanza.

Un metro y medio nos separa. Un abrazo que no llega se dispersa en medio de esas calles vacías llenas de heroísmo y de distancias de seguridad. La cola en el supermercado me despierta de mi ensoñación abrazado a mi carrito. Huele a miedo y a un extraño optimismo de que todo va a salir bien.

Provisiones de comida que no se acaban y que añoran ser compartidas y tragos etílicos que se evaporan sin compañía. Ese muro invisible sigue ahí, sorbo tras sorbo. Cuando la neblina del alcohol hace mella en mí, una figura irreconocible llega a ocupar la estancia vacía. Pero se desvanece a esa velocidad a la que se desvanecen los imposibles y las causas perdidas.

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Unas caricias que no tocan carne se lamentan en ese muro de las lamentaciones invisible en el que se han convertido las horas y los días. Más allá de él valientes sin nombre se baten en duelo con ese enemigo invisible que nos ha hecho convertirnos en ermitaños.

¿Rezar? ¿De qué sirve? La mente ya nos pasa suficientes malas jugadas como para encomendarnos a lo intangible. Regreso a mi botella, a mi teclado y a mis ilusiones rotas para desafinar unas líneas que algún día alguien leerá como triste recuerdo de una era de tinieblas donde un muro invisible terminó por romper los contactos, los besos y los orgasmos.

Nada queda más allá del muro más que una cuenta atrás que se reactiva cada vez que enciendes la tele para contemplar que aún sigue ahí esa imposibilidad de un abrazo comunal. Cuando todo acabe derribaremos ese muro para estar más cerca que nunca, ser más justos que nunca y luchar más que nunca. ¿Quién sabe si seremos capaces de convertir unos días hogareños en la salvación del mundo?

Miro por la ventana y te veo a ti, sonriendo, soñando con ese mundo mejor que brotará después del Coronavirus. Sonrío de nuevo. Quizás no todo esté perdido y volvamos a las calles para disfrutar de un mundo mejor. Cierro los ojos y abro una nueva botella compañera de tantas horas de soledad y brindo por ti, por tu sonrisa y por tus huevos de quedarte en casa. Ese muro invisible, como todos los muros creados hasta la fecha, se resquebrajará y se irá a la mierda más pronto que tarde. Y entonces podremos darnos ese beso en diferido que tanto echamos en falta.

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