Comimos y bebimos

Cuentan los libros que en el año 90 A.C. hubo alguien, bajo el nombre de Apicius, que fue considerado como el primer gourmet, ya que escribía libros detallando la buena vida y la buena comida. Exigía a los cocineros de la época preparaciones sofisticadas y mesas decoradas con animales, frutas y plantas. El actual director del Instituto Cervantes de Londres, autor del diccionario anglófilo Pompa y circunstancia, maneja el pretérito para hablarnos del máximo goce y disfrute alrededor de ese momento saciador. Culto y hedonista, recorre calles y mesas para contarnos qué eso de la gastronomía de verdad, donde la buena cocina convierte una estancia en un lugar. Igual ocurre con este libro, uno siente que ha llegado a un sitio que permanecerá con el paso del tiempo. Un recorrido por los sitios que recuerda de la niñez, infancia y juventud. Doce meses que se escriben con el sabor de la cultura del fogón y la bodega. Desde Toledo a París, Barcelona, el Centro Riojano, Horcher, y Balmoral, ese rincón de la calle Hermosilla donde Jacinto San Feliú, barman del hotel Palace, daba clases del arte de los combinados.

A lo largo del libro Comimos y bebimos, coincido con Peyró en que los grandes templos son aquellos a los que llegas a comer y te quedas a cenar. Locales para ejercer la militancia de por vida. Unos callos, unos riñones, un foie o un canapé de anguila; ni baos, ni mantelitos, ni modernas ginebras. El exotismo y la elegancia de una botella de Musigny, un Mouton-Rothschild, un Partagás y la castiza chaquetilla blanca. La vida no se acaba en Riojas o Riberas, que los hay muy buenos. No olvides que un vino salva una comida o una compañía mediocre. El ceremonial pasa por el momento de plenitud y ambrosía: un Romanée-Conti y unas notas de Thelonious Monk. Ardores y resacas, bendita eucaristía. Muy recomendable.

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